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Declaración como rey y sacerdote en El Cristo


Declaración como rey y sacerdote en El Cristo

Yo, José Manuel, en pleno uso de mis facultades psíquicas, cognitivas y mentales, plenamente capacitado por el Espíritu de Dios a través de Su Hijo Yeshúa el Mesías, por la fe en Su Nombre y gracias al Altísimo, declaro solemnemente que mi identidad, autoridad y propósito están cimentados en el Cristo.

Soy Hijo de Dios mediante Jesús, nacido de lo Alto y llamado por la gracia del Padre (Juan 1:12-13; Romanos 8:14-17; Juan 3:3-6). Por Su obra de redención en el Mesías, he sido hecho nueva criatura (2 Corintios 5:17), vivificado juntamente con Cristo, ya no muerto en delitos y pecados (Efesios 2:1-5), porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos (Lucas 20:38). Todo aquel que cree en Jesús participa igualmente de esta gracia, de esta vida y de esta herencia espiritual.

He sido hecho rey y sacerdote en Él, miembro de Su nación santa, linaje real y pueblo adquirido por Dios para Su gloria (Éxodo 19:5-6; 1 Pedro 2:9; Apocalipsis 1:5-6; 5:9-10; 20:6), destinado a manifestar Su poder, justicia y amor en la tierra. Mi identidad no depende de documentos, convenios humanos, sistemas terrenales ni ficciones jurídicas —aunque puedan tener utilidad administrativa en esta vida—, sino de Dios y de Su Palabra de vida. Él me rescató, me adoptó por medio de Jesucristo, me trasladó al Reino de Su amado Hijo (Colosenses 1:13) y me hizo coheredero con Cristo conforme a Su propósito eterno (Efesios 1:3-5; Romanos 8:17, 29-30; Gálatas 3:26).

En virtud del poder y la autoridad que el Mesías ha recibido del Padre, siendo Él Rey de reyes y Señor de señores (Mateo 28:18; Filipenses 2:9-11; Apocalipsis 19:11-16), y siendo yo parte de Su Cuerpo (1 Corintios 12:27; Efesios 1:22-23), teniendo la mente de Cristo (1 Corintios 2:16) y viviendo en Su Espíritu (Romanos 8:9-11), participo de Su autoridad de manera delegada como embajador en este mundo (2 Corintios 5:20), llamado a ser luz y sal de la tierra (Mateo 5:13-16).

Por ello puedo y debo reinar, discernir y juzgar conforme a la Palabra de Dios, sabiendo que los santos juzgarán al mundo y aun a los ángeles (1 Corintios 6:2-4), y que el vencedor recibirá autoridad sobre las naciones (Apocalipsis 2:26-27). En el Espíritu ejerzo dominio conforme a la victoria de Cristo sobre las potestades (Colosenses 2:15).

El Nombre de Jehová está en Jesús, el Ángel del pacto, en quien se encuentra la salvación de Yah; a Él debemos obedecer (Éxodo 23:20-21; Apocalipsis 1:4-6; Isaías 61:1-3). Recibí vida en el Cristo, pues así como el Padre tiene vida en Sí mismo, también ha dado al Hijo tener vida en Sí mismo (Juan 5:26). Cristo, habiendo resucitado, ya no muere y la muerte no se enseñorea más de Él (Romanos 6:9); y yo, redimido por Su sangre mediante la fe (Efesios 1:7; 1 Pedro 1:18-19), participo de la vida eterna que Él concede (Juan 11:25-26), aguardando la plena manifestación de la inmortalidad en la resurrección (1 Corintios 15:53-54).

Como rey y sacerdote en Jesucristo, sé que todas las cosas son mías en Él, y que Cristo es de Dios (1 Corintios 3:21-23). Sin embargo, reconozco que todavía no vemos que todas las cosas le estén sujetas (Hebreos 2:8), aunque todo fue puesto bajo Sus pies (Efesios 1:20-22) y reinaremos con Él (2 Timoteo 2:12). En el Espíritu participamos ya de esa realidad (Efesios 2:6), esperando el día en que Él entregue el Reino al Dios y Padre, después de suprimir todo dominio, autoridad y poder (1 Corintios 15:24-28).

Me debo al Dios Todopoderoso, soberano de los reyes de la tierra (Apocalipsis 1:5; 17:14), porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas (Romanos 11:36); Él muda los tiempos, quita reyes y pone reyes (Daniel 2:21). No soy mío, pues he sido comprado por precio (1 Corintios 6:19-20). Vivo para Aquel que me llamó de las tinieblas a Su luz admirable (1 Pedro 2:9).

En este mundo procuro honrar a quien merece honra y servir con la humildad enseñada por el Mesías, el Buen Pastor (Marcos 10:43-44; Juan 10:11; Lucas 17:10; Santiago 4:10). Me sujeto a las autoridades terrenales cuando actúan para el bien conforme a la voluntad de Dios (Romanos 13:1-4 en contexto), pero si obran en maldad, obedezco a Dios antes que a los hombres (Hechos 5:29).

Soy templo del Espíritu Santo (1 Corintios 3:16; 2 Corintios 6:16) y miembro de la Iglesia del Mesías, columna y baluarte de la verdad (1 Timoteo 3:15). Participo de la herencia de los santos mientras la creación espera la manifestación de los hijos de Dios (Romanos 8:19-22). Mi valor y propósito provienen de Dios, quien conoce que soy polvo (Génesis 3:19; Salmos 103:14), y me llama a la humildad (Mateo 18:4), aunque Su Espíritu da testimonio a mi espíritu de que soy Su hijo (Romanos 8:16).

Por todo ello proclamo que mi identidad y autoridad no dependen de hombres ni instituciones, sino del Altísimo y de Su Hijo. Vivo para servirlos, manifestar Su justicia, extender Su reino y glorificar Su Nombre, aguardando el galardón prometido (Mateo 5:12) y permaneciendo en la gracia que me fue concedida en Cristo (Efesios 1:3-14).

Shalom. Gracia y paz en el Nombre de Jehová y Su Hijo, Yeshúa el Mesías.

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