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El mismo sentir en el Cristo

El mismo sentir en el Cristo

Es bueno y necesario estar de acuerdo en lo esencial.

La Escritura nos recuerda: «¿Andan dos hombres juntos si no se han puesto de acuerdo?» (Amós 3:3). La unidad requiere entendimiento, empatía, una base común y una relación viva y eficaz. Nuestro Señor mismo oró al Padre: «Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros» (Juan 17:21); así como para que seamos perfectos en un mismo propósito como el Padre y Él lo son (Juan 17:23). La unidad no es opcional: es el deseo expreso del corazón de nuestro Mesías y debe ser también el nuestro.

En cuanto a los misterios de la Palabra de Elohim y al discernimiento de Su revelación, sería maravilloso que todos tuviésemos el mismo entendimiento —y que fuese el correcto conforme a lo que Él nos manifiesta—. Pero no comprendemos todas las cosas (me incluyo el primero), y no todos entendemos de la misma manera La Palabra, lo que Dios nos enseña en ella y aspectos que finalmente interpretamos según nuestro conocimiento y entendimiento; porque en parte conocemos y profetizamos, viendo ahora como a través de un espejo, veladamente, hasta que venga lo perfecto (1 Corintios 13:9-12).

Cada cual vive, discierne, aprende y enseña conforme a los dones, la sabiduría, el conocimiento y la medida de fe que Dios repartió en nosotros (Romanos 12:3), pues sabemos que hay diversidad de dones que provienen de lo alto, del Padre de las luces en quien no hay variación (Jacobo 1:17), siendo que el Espíritu es el mismo (1 Corintios 12:4) y nuestro Abba celestial y Su amado Hijo no cambian (Malaquías 3:6; Hebreos 13:8).

Aunque los que hemos creído tenemos la mente del Mesías (1 Corintios 2:16), no lo sabemos todo porque no somos nuestro Abba celestial ni tampoco el Cristo. Dependemos los unos de los otros como miembros de un mismo cuerpo (1 Corintios 12:21). Debido a que no somos el Dios Altísimo que hizo todas las cosas y tampoco somos el salvador Jesús, necesitamos crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor (2 Pedro 3:18), hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios (Efesios 4:13), estando firmes en un mismo Espíritu, combatiendo unánimes por la fe del Evangelio (Filipenses 1:27).

Si todos supiéramos todas las cosas según la realidad de Dios contenida en Su Palabra y Sus misterios, no tendríamos nada que aprender de lo que deposite Jehová en otro hermano, o inclusive en otra gente, puesto que Dios usa a todo el mundo para Sus propósitos lo mismo que usó en su momento a Ciro el persa y a Nabucodonosor. Si conociéramos todas las cosas tampoco tendríamos nada que enseñar conforme al servicio del Espíritu de Jesús el Mesías en nosotros, el cual nos guía a toda verdad (Juan 16:13). Dios todo lo ve y todo lo sabe (Proverbios 15:3; Hebreos 4:13; 1 Juan 3:20); pero no así nosotros, que del polvo venimos y al polvo volvemos (Génesis 2:7; Génesis 3:19; Eclesiastés 3:20) hasta que seamos a semejanza de nuestro Señor (1 Juan 3:2; Filipenses 3:20–21; Romanos 8:29) y nuestro Dios sea todo en todos (1 Corintios 15:28).

Por todo esto y más, aun estando centrados en la Palabra, podemos diferir entre hermanos en discernimiento, ideas y pensamientos, de acuerdo a lo que Dios nos va mostrando y enseñando dentro de nuestras limitadas capacidades y de acuerdo a cómo le busquemos y estudiemos Su Palabra. Pero esas diferencias no deben sobrepasar el núcleo innegociable de nuestra fe. Lo esencial no admite discordia ni divisiones. Un reino dividido contra sí mismo es asolado (Mateo 12:25) y si olvidamos o dejamos a un lado que no somos perfectos y que nos necesitamos los unos a los otros, podemos llegar a mordernos y devoramos unos a otros, con lo que podemos consumirnos y destruir el Templo del Dios viviente, el cual son sus fieles (Gálatas 5:15). La división en lo esencial hiere el testimonio del Cuerpo del Señor y contrista el Espíritu de santidad que nos da vida en Él y nos energiza a vivir una vida agradable a los ojos de nuestro Dios.

¿Cuál es el núcleo de nuestra fe y hermandad?

Estamos llamados a permanecer firmes y unánimes en el evangelio o las buenas noticias de salvación de Yeshúa nuestro Señor, el Hijo del Dios viviente (Mateo 16:16), el único mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2:5), a semejanza, representación e imagen visible del Dios invisible (Colosenses 1:15), en quien reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad (Colosenses 2:9). Él es la cabeza del Cuerpo que es la Iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad (Colosenses 1:18; 1 Timoteo 3:15), el Salvador de Su Cuerpo (Efesios 5:23).

No hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos (Hechos 4:12). Él mismo dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida» (Juan 14:6). Él es el ancla de nuestra fe. Él es la Roca sobre la cual edificamos (1 Corintios 10:4) y el fundamento del Dios Padre, el cual es firme (2 Timoteo 2:19). Porque separados del Cristo nada podemos hacer (Juan 5:15). 

¿Y cuál es el testimonio de Cristo en nosotros?

Es el mensaje de la cruz: que el Mesías murió por nuestros pecados y resucitó al tercer día (1 Corintios 15:3–4). Este mensaje es poder de Dios (1 Corintios 1:18). Por Su sangre tenemos redención (Efesios 1:7). Por Su resurrección somos justificados (Romanos 4:25). Si confesamos que Yeshúa es el Señor y creemos que Dios lo levantó de los muertos, somos salvos (Romanos 10:9). Su sacrificio expiatorio y Su resurrección gloriosa son el corazón de nuestra fe y lealtad a Dios.

Estos pilares son el eje fundamental que nos sostiene como hijos de Dios a través de Jesús y en los cuales debemos estar perfectamente unidos, ocupados en un mismo sentir y propósito (Filipenses 2:2), teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa y actuando como el Cuerpo del Cristo en unidad, coherencia y dependencia, sin hacer nada por contienda o vanagloria, sino con la humildad que proviene de Jesús (Filipenses 2:3). Debemos estar arraigados y sobreedificados en Él, confirmados en la fe (Colosenses 2:7), y así nuestros corazones serán consolados en la unidad del amor de Dios, hasta alcanzar todas las riquezas del pleno entendimiento (Colosenses 2:2). De esta manera viviremos como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra y creciendo en el conocimiento de Dios (Colosenses 1:10).

Podemos diferir en lo periférico; pero no en lo esencial.

Debemos vestirnos de amor, que es el vínculo perfecto de la unidad (Colosenses 3:14) y que la paz de Cristo gobierne en nuestros corazones, a la cual fuimos llamados en un solo cuerpo (Colosenses 3:15; Efesios 4:4). Para ello, la palabra del Cristo debe habitar en abundancia en nosotros (Colosenses 3:16; Juan 15:7) y así creceremos a la altura del varón perfecto (Efesios 4:13), siendo perfectos como nuestro Padre lo es (Mateo 5:48; Colosenses 1:28); anhelando y rogando a Él por tales cosas.

Pablo nos exhorta a estar firmes en un mismo Espíritu, combatiendo unánimes por la fe del Evangelio (Filipenses 1:27), a hacer todo sin murmuraciones ni contiendas (Filipenses 2:14; 1 Corintios 10:10) y a resplandecer como luminares en el mundo, asidos de la palabra de vida (Filipenses 2:15–16; Mateo 5:14–16). Por lo cual, debemos tener el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús (Filipenses 2:5–11), quien se humilló a Sí mismo a semejanza nuestra siendo el Rey (2 Corintios 8:9; Juan 1:14), quien no vino a ser servido sino a servir (Marcos 10:45; Juan 13:14–15). De esa manera fue exaltado a la diestra del poder de Dios en las alturas (Filipenses 2:9; Hebreos 1:3; Hechos 2:33).

La humildad y la pre-disposición de servirnos los unos a los otros como hermanos, tratando a los demás como superiores a nosotros mismos (Filipenses 2:3–4; Romanos 12:10), es el terreno fértil donde poder dar fruto (Juan 15:8; Colosenses 1:10) para que florezca el amor de Dios y el testimonio del Cristo a través nuestro (Juan 13:34–35; 1 Juan 4:11–12), así como la fe y la unidad verdadera (Efesios 4:2–3; Colosenses 2:2).

Así debemos vivir como familia de Dios en el Mesías: soportándonos y perdonándonos unos a otros (Colosenses 3:13); venciendo el mal con el bien (Romanos 12:21).

Hermanos, permanezcamos firmes en el Señor (Filipenses 4:1), perseverando unánimes en oración y propósito, gozándonos en Él siempre (Filipenses 4:4), siendo agradecidos con Dios, pues es quien produce en nosotros el querer como el hacer por Su buena voluntad (Filipenses 2:13); además de, por supuesto, agradecer a los demás y usar nuestros dones y bendiciones que Jehová nos da para bendecir con ello a otros. 

No debemos cansarnos de hacer el bien (Gálatas 6:9; 2 Tesalonicenses 3:13) y debemos exhortarnos al amor y a las buenas obras (Hebreos 10:24; Tito 3:8). Porque la fe sin obras está muerta (Santiago 2:17; Santiago 2:26), y cualquiera puede decirnos que tiene fe (Santiago 2:18), pero si esa fe no tiene frutos dignos de arrepentimiento (Mateo 3:8; Lucas 3:8) y no es mostrada por las obras (Santiago 2:14–18), otros vendrán que nos mostrarán su fe por las obras y nos avergonzarán (Santiago 2:18; 1 Pedro 2:12).

Perseveremos en lo esencial: en la fe en el Cristo y en Su evangelio, en un mismo sentir, arraigados en el amor, firmes y unánimes, hasta el fin y el día de Su venida.

Muchas más cosas podrían decirse sobre estas cosas con la ayuda de Dios, pero creo que, por ahora, con esto es suficiente para seguir creciendo juntamente en la Palabra y en el Espíritu de verdad.

Bendiciones.

Gracia y paz en Jesucristo.

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