Reflexión sobre la deidad de Jesús. Jesús no es el Dios Padre. Dios no es en tres personas
«Escucha con atención, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno (único y primero) es» (Deuteronomio 6:4; Isaías 44:6; Isaías 45:5). Sólo hay un Dios: nuestro Abba Padre, Jehová; no engendrado, eterno, inmortal y origen primordial de todo cuanto existe. De Él proceden todas las cosas (1 Corintios 8:6; Efesios 4:6; Malaquías 2:10). Él es el único Dios verdadero (Juan 17:3), la fuente de todo lo que existe, el que por Sí mismo extendió los cielos (Isaías 44:24). Su supremacía es absoluta; no es derivada ni compartida en origen.
Del Padre procede Su Hijo. Por ello, como Dios que salió del Dios único y verdadero, Yeshúa participa de Su naturaleza divina y de la autoridad que el Padre le concede por herencia (Juan 5:26; Hebreos 1:2; Juan 17:2). Precisamente porque procede de Él, Jesús no es Dios, el Padre, y vive en sujeción al Padre (Juan 14:28; 1 Corintios 11:3). La Escritura lo resume: «para nosotros hay un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas… y un solo Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas» (1 Corintios 8:6). Uno es la Fuente de todo; el otro es el Señor mediante quien todo fue hecho.
Yehoshúa (Jesús) es el Hijo de Dios: Su Palabra, Su Logos, Su Luz y Su Sabiduría (Juan 1:1; Juan 8:12; Proverbios 8:22-30). Es llamado “Dios” en la Escritura (Juan 1:18; Salmo 45:6-7; Hebreos 1:8-9), no como el Dios supremo del cual todo procede, sino como Aquel que salió del Padre y comparte Su naturaleza y autoridad delegada. Jesús mismo afirmó que salió de Dios y vino al mundo, y que nuevamente dejaba el mundo para volver al Padre (Juan 16:27-28; Juan 13:3). Oró diciendo: «Glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Juan 17:5). Salió de Dios y volvió a Dios (Juan 13:3); mostrando una relación real y consciente, no una metáfora que debiera ser revelada.
Jesús, el Hijo, recibió del Padre vida en sí mismo, así como el Padre tiene vida en sí mismo (Juan 5:26). El Hijo participa de la vida que procede del Padre y ejerce autoridad delegada, pero siempre depende del Padre; no es igual en origen ni en supremacía. Es el Padre quien da vida al Hijo, no al revés. Dios no se manifiesta como si se diera vida a sí mismo en un cuerpo humano mientras en el cielo es uno y en la tierra otro, siendo ambos la misma persona; el Hijo es distinto y subordinado en autoridad al Padre, aunque comparte Su naturaleza y recibe de Él toda vida y poder.
Durante Su servicio a Dios como Salvador de todo aquel que en Él cree (Juan 3:16), Jesucristo habló lo que el Padre le dio que hablase (Juan 7:16; Juan 12:49), hizo las obras del Padre que moraba en Él (Juan 14:10), y es llamado la Palabra de Dios (Apocalipsis 19:13). Su unidad con el Padre es perfecta en propósito y voluntad, pero no implica identidad personal intercambiable ni igualdad ontológica.
Antes de nacer de Miriam, el Logos no existía como hombre ni como Mesías encarnado (Juan 1:14; Hebreos 2:14). Pero sí existía procedente del Padre (Juan 1:1-2; Juan 17:5). En esa condición previa se manifestó como el Ángel de Jehová, hablando con autoridad divina y portando el Nombre de Dios, aunque distinguible de Aquel que lo enviaba (Éxodo 3:2-6; Éxodo 23:20-21; Jueces 13:18-22). Era en esencia como el Padre, pero no era el Padre.
En el tiempo señalado, el Logos de Jehová —la Dabár de Elohim— se despojó a Sí mismo para tabernaculizar entre los hombres, participando de carne y sangre (Filipenses 2:6-7; Juan 1:14; Hebreos 2:14), sin dejar de depender del Padre ni de obedecerle: «He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Juan 6:38). Fue manifestado a través del alumbramiento como el único hombre engendrado directamente por el Padre, en Su Espíritu —poder y aliento de vida—, Hijo unigénito y primogénito del Padre Dios, resplandor de Su gloria y expresión exacta de Su naturaleza y autoridad (Juan 1:18; Hebreos 1:3). Es el único mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre (1 Timoteo 2:5).
Jesús recibe autoridad, honor y gloria del Padre por linaje, obediencia y herencia (Juan 5:22-23; Mateo 28:18; Filipenses 2:9). Todo poder le ha sido dado. El Nombre del Padre está en Él (Juan 17:11-12), cumpliendo lo que la Escritura anticipa: aquel en quien está el Nombre de Jehová es el mediador por el que llega la salvación. Es el Ángel del Pacto, a quien se debe obedecer para no ser destruido en el camino (Malaquías 3:1; Apocalipsis 19:13), y este Ángel es Yeshúa mismo, enviado por el Padre para traer vida y salvación. Por esto debemos honrar al Hijo como honramos al Padre, porque quien honra al Hijo honra al Padre que lo envió (Juan 5:23; Lucas 10:16).
Jesús es el primogénito de entre los muertos (Colosenses 1:15) y reconoce al Padre como Su Dios y nuestro Dios (Juan 20:17; Apocalipsis 3:12). Incluso glorificado declara: «mi Dios». El Salmo 89 lo anticipa: «Él clamará a mí, diciendo: “Mi padre eres tú, mi Dios, y la roca de mi salvación”» (Salmos 89:26-29, 36-37).
El orden fue revelado proféticamente cuando Daniel vio al Anciano de Días entronizado en gloria y juicio (Daniel 7:9-10), y contempló a uno semejante al Hijo del Hombre que venía con las nubes del cielo y se acercó al Anciano de Días, y le fue dado dominio, gloria y reino (Daniel 7:13-14). Uno otorga; otro recibe. No es auto-investidura ni igualdad coeterna, sino diferenciación entre dos entidades definidas, con concesión de autoridad por parte de Dios para Su Hijo y sujeción del Hijo para con Su Padre. Esta escena armoniza con el Salmo 110:1: «Dijo Yehováh a mi Señor: Siéntate a mi diestra…». Jesús mismo aplicó esta visión a Sí (Mateo 26:64).
El desarrollo final mantiene el orden bíblico: el Hijo reina hasta que todas las cosas sean puestas bajo Sus pies (Salmo 110:1; Daniel 7:13-14; 1 Corintios 15:24-27). Luego entregará el Reino al Dios y Padre, y se sujetará a Él, para que Dios sea todo en todos (1 Corintios 15:28; Isaías 46:9-10; Efesios 4:6). El que se sujeta no es el mismo que recibe la sujeción final. Ni son el mismo ser, ni tienen la misma autoridad y roles eternos.
El Apocalipsis confirma este patrón: «La revelación de Jesucristo, que Dios le dio» (Apocalipsis 1:1). Dios da; Jesucristo recibe. Jesucristo es «el primogénito de los muertos» y nos hizo sacerdotes «para Dios, su Padre» (Apocalipsis 1:5-6). El Cristo glorificado afirma: «Lo haré columna en el templo de mi Dios» (Apocalipsis 3:12). Dios es «el que vive por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 4:9-10). Jesús declara: «Yo soy el que vive, y estuve muerto» (Apocalipsis 1:18). El Padre es el Dios único, el único que tiene inmortalidad y vive en luz inaccesible (1 Timoteo 6:16); el Hijo murió y resucitó.
Juan ve «uno semejante al Hijo del Hombre» (Apocalipsis 1:13), en coherencia con Daniel, y luego contempla «en medio del trono… un Cordero como inmolado» (Apocalipsis 5:6). El Cordero toma el libro de la mano del que está sentado en el trono (Apocalipsis 5:7). No es visión simbólica para pocos: son sujetos distinguibles. La adoración confirma el orden: «Al que está sentado en el trono, y al Cordero» (Apocalipsis 5:13); «La salvación pertenece a nuestro Dios… y al Cordero» (Apocalipsis 7:10); «El trono de Dios y del Cordero» (Apocalipsis 22:1-3). Unidad de gobierno; distinción sostenida.
Textos como Juan 1:1 o Hebreos 1:8, así como la adoración conjunta del Padre y del Hijo, no eliminan la distinción constante entre Dios y Su Hijo. Que el Hijo sea llamado “Dios” no lo convierte en el Dios supremo del cual todo procede, pues la Escritura establece claramente que sólo el Padre es “el único Dios verdadero” (Juan 17:3).
Si Jesús fuera el mismo Padre manifestado en otro modo, no podría orar al Padre como a otro (Juan 17), ni ser enviado por otro (Juan 7:16), ni decir «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42), ni acercarse al Anciano de Días para recibir dominio (Daniel 7:13-14), ni entregar el Reino a otro (1 Corintios 15:24), ni tomar el libro de la mano de otro (Apocalipsis 5:7). El bautismo de Jesús muestra simultáneamente al Hijo en el agua, al Padre hablando desde el cielo y al Espíritu descendiendo (Mateo 3:16-17). No es manifestación secuencial ni tres en uno: es relación real y simultánea.
Aunque no podemos compararnos a nuestro Señor Yeshúa ni al Padre, recordemos que “Dios” como tal no existe en hebreo; la palabra original, Elohim, se usa para el único Dios verdadero (Deuteronomio 6:4; Isaías 44:6) y también para hombres o jueces sobre la tierra. Moisés fue hecho “Dios” frente a Faraón por Yehováh (Éxodo 7:1), y los jueces pueden recibir autoridad divina (Salmo 82:6). Jesús mismo recordó esto a los fariseos, mostrando que su título de Hijo de Dios no implicaba igualdad con el Padre (Juan 10:34-36). Ser llamado “Dios” puede implicar autoridad delegada, no supremacía absoluta. Jesús es Dios por procedencia y autoridad del Padre, pero no es el Dios único del cual todo procede (1 Corintios 8:6; Juan 20:17).
Podría sacar más textos a colación para reforzar aún más lo compartido, pero con esto es suficiente por ahora; si Dios quiere, servirá para sacar a muchos del error. Yo también estuve equivocado, y por eso doy gracias a Dios que me sacó del error. Comparto este texto para honra y gloria de nuestro Dios y Salvador, quien es, a través de Su Hijo Jesús, nuestro Señor y el precioso Hijo del Dios Padre celestial.
Bendiciones.
Gracia y paz.
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