Abraham: padre de una multitud de gentiles
La Esencia Irrefutable de la Promesa Abrahámica: el verdadero pueblo de Dios
Para comprender la esencia de la Buena Noticia de Salvación en Jesús el Cristo (el evangelio), debemos retroceder al principio mismo de la historia de la redención, antes de que existiera una nación, o un pueblo, llamado Yisra'el ("el que lucha con Elohim y prevalece"). Las Escrituras nos revelan con claridad meridiana que Abraham no nació dentro del pacto ni pertenecía a un pueblo escogido por sangre; era un hombre de Ur, en Caldea, la misma región que hoy conocemos como Irak, al otro lado del Éufrates (Josué 24:2; Génesis 11:31). Abraham era, en su origen, un gentil incircunciso, un extranjero llamado únicamente por la voz soberana del Elohim verdadero, sin ningún mérito étnico que lo respaldara.Lo que realmente separó a Abraham del resto de los hombres no fue su ADN, ni su tierra natal, ni su cultura, sino su fe/confianza (su "emunáh") inquebrantable en el Creador. Su confianza en el Dios que todo hizo, le fue contada por justicia (Romanos 4:9-11). Por esta razón su identidad fue transformada: de Abram, Yehováh le cambió el nombre a Abraham, pues tenía un propósito con él, estableciéndolo proféticamente como "padre de una multitud de gentiles/naciones", asegurando que hombres y mujeres de toda tribu y nación brotarían de su simiente y de su linaje espiritual (Génesis 17:5).
Por consiguiente, la definición de la descendencia de Abraham ha sido claramente interpretada en el espíritu de santidad, como definió claramente nuestro amado hermano Pablo de Tarso: no son los hijos de la carne quienes constituyen el pueblo de Dios, sino los hijos de la promesa (Romanos 9:6-8). Pablo, uno de los mensajeros de Dios, bajo inspiración divina, nos exhorta a comprender con certeza absoluta que aquellos que basamos nuestra existencia y confianza en Jehová y por tanto en Su amado Hijo Yeshúa, somos los verdaderos hijos de Abraham (Gálatas 3:7). La Escritura, por medio de la obra de Dios y de Sus palabras y promesas, anticipó la justificación de los gentiles, revelando el evangelio de antemano a Abraham, prometiendo que en él serían bendecidas todas las naciones (los pueblos, los gentiles) de la tierra (Gálatas 3:8). Así, la bendición no es exclusiva de un grupo étnico, sino que fluye hacia todos los que caminan en las huellas de la confianza de Abraham, el creyente, quien confiaba en Dios (Romanos 4:12).
La implicación es eterna y absoluta:
Si perteneces a Cristo mediante la fe, eres linaje de Abraham y heredero según la promesa (Gálatas 3:29).
Pero si rechazas al Cristo, confiando en tu propia justicia o en tu herencia biológica, permaneces ajeno al pacto, pues no todo el que desciende de Israel es Israel (Romanos 9:6). Nuestra bendición espiritual no está anclada en fronteras políticas, ni en el estado moderno de Israel, ni en sistemas religiosos que dependen de las obras de la ley o tradiciones de hombres, pues la verdadera circuncisión es la del corazón, en el espíritu y no en la letra (Filipenses 3:3; Romanos 2:28-29).
El propósito supremo de la redención fue que la bendición de Abraham alcanzara a los gentiles en el Mesías Jesús, para que recibamos la promesa del espíritu santo (la "rúaj hakodésh", el espíritu del Dios que inspira, guía y mora en los hijos de la promesa) mediante la fe, y no mediante la ley (Gálatas 3:14). Cristo nos redimió de la maldición de la ley para que esta promesa se cumpliera en nosotros (Gálatas 3:13). Por tanto, cualquier enseñanza que intente vincular la salvación o la bendición divina a la etnia, a la tierra o a la observancia de ritos antiguos, está haciendo nula la gracia de Cristo y pervirtiendo el evangelio.
Quien enseña lo contrario a la sana doctrina en el Señor, quien pone condiciones a la gracia que no sean la fe en Jesucristo, está actuando en el espíritu del anticristo, movido por el príncipe de la potestad del aire, pues niega la suficiencia del Hijo "único en su clase" de parte del Padre y desconoce al Dios de Abraham, quien es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (1 Juan 2:22-23; Gálatas 1:6-9).
Que quede establecido: En Cristo Jesús somos la verdadera circuncisión, los adoradores en espíritu, y los únicos herederos irrefutables de la promesa hecha a Abraham.
Bendiciones en Yeshúa.
Gracia y paz.
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